"Así de sopetón, Brasca vomitó un Conejito polimorfo que invita al viaje por el espacio-tiempo. Desde las insondables brumas del Olimpo hacia el asiento sucio y pegajoso de un colectivo de línea en la villa miseria, a través de la gran mente rectora de las plumas. Así nace Conejito, se sacude, se retuerce, da pelea, salta, vuela directo al centro de la tierra y estalla convertido en nada. Y es Todo.”
¡NONO, LO TENÉS ASÍ DE GRANDE!
FABIÁN WALTER BRASCA
¡Che!, qué pila tenía el abuelo Coriolano con noventa y seis abriles, ¿eh? ¡Y cómo le daba a la lengua cuando andaba de buen ánimo! El tío Tito le decía “esquinero de sauce”. ¿Te acordás? Cuando estaba para arriba sostenía a toda la familia, como los esquineros que mantienen bien tensado al alambrado, pero cuando estaba bajoneado se doblaba como la madera del sauce y el alambrado quedaba por el piso…
¡Qué lástima! Estaba hecho un balazo antes de pescarse la neumonía que lo liquidó… mirálo ahora acostado en el cajón.
¿Te contaron que la semana pasada mató a un viejito? Era su vecino… Don Cominio… Le estuvo hablando como más de tres horas de corrido. Al final, el viejo se desmayó, se descompuso y a la noche pasó p’al otro lado… ¿Vamos a tomarnos otro cafecito? ¡Qué tornillo hace acá!
¡Uh!, pará, pará! Ahí viene el tío Menenio… ¡Me da una bronca! Como es el hermano mayor se hace el trompa para copar la parada… ¿Qué corno querrá ahora? ¡Trae unas ínfulas y una cara de trasero! Parece que se lo llevan los diablos…
—¡Reunión! ¡Urgente! ¡Reunión! —vociferó el tío Menenio— ¡Por favor, todos los hermanos conmigo!
—¿Qué pasa? —preguntó la tía Virgilia.
—Hay que decidir qué hacemos con papá… —contestó el nuevo jefe “natural” de la familia.
—Pará, él nunca dijo si quería ir a una bóveda, a un nicho, a la tierra o ser cremado…—vaciló el tío Sicinio.
—Yo propongo que lo coloquemos en la bóveda que compré el año pasado…—dijo el tío Menenio —. Después de todo ahí va a estar con mamá Volumnia…
—¡Nooo! Estoy segura de que por su forma de pensar a él le hubiera gustado ir a la tierra —se opuso la tía Virgilia —. Su pasión era el campo…
—¡Estás loca! —la increpó el tío Junio—. La tierra le daba asco por los gusanos y la bóveda, miedo por si se metían a robar… ¡La suya era un nicho!
—¡A mí me confesó que su sueño era que lo cremaran! —agregó para más confusión la tía Valeria—. Y que esparcieran las cenizas en su campo.
—Como todos dicen algo distinto, ¿por qué no lo hacemos a su manera? —dijo el menor de los hermanos, el tío Marcio— Él era recontraquinielero; esperemos a la cabeza de El Primero de la Nacional que ya se está sorteando. Si sale el noventa y cuatro, que es El cementerio, tiramos la moneda entre bóveda, nicho o tierra. Si sale el ocho, que es El incendio, lo cremamos.
—¿Y si no sale ninguno de esos dos números?, quedan noventa y ocho opciones en contra… —lo interrogó la tía Virgilia con ganas de matarlo por la barrabasada que había dicho.
—¡No sé! ¡Ojalá que salga el seiscientos treinta dos!, me le afirmé fuerte… —se desubicó aún más el tío Marcio.
En eso entró a los gritos el primo Aufidio boconeando que había salido el treinta dos a la cabeza.
—¡Vaaamos todavía! ¡Le aposté toda la jubilación a las dos cifras! —bramó eufórico el abuelo Coriolano sentándose de golpe en el ataúd.
La cuestión fue que no quedó ni el loro, aunque no sé si rajaron por el julepe. Seguro que se fueron a ver quién encuentra primero el ticket del Nono para cobrarlo o tal vez todos jugaron a ese número y quieren asegurarse el premio antes que los demás, no sea que el agenciero se quede sin disponible… Yo pienso… ahora que no hay nadie… ¿qué tal si arraso con los tostaditos?
CONEJITO
FABIÁN WALTER BRASCA
Andrée, decidí escribirle una nueva carta; la otra aguardará su regreso de París como le prometí y ésta también. No es que todo lo referido allí sea inexacto, pero en la presente exclusivamente le confesaré el fundamento de los sucesos mencionados en la anterior. Los conejitos permanecen esparcidos como pinceladas impiadosas de un rojo furibundo en una pintura abstracta, sobre los cenicientos adoquines de Suipacha.
Aún remolonea Buenos Aires adormilada, y la aurora se ha convertido en un devenir para nada presuroso, como si se tratara de una dádiva que Cronos me otorga a fin de que pueda terminar de redactarle estas líneas, antes de que remuevan el otro cuerpo, el que evalué que convenía que se llevaran primero.
Quién sabe cómo procederán, seguramente vendrá la policía científica para efectuar todos los peritajes correspondientes antes de derivar el cadáver. Vaya a saber qué repartición estatal estudia casos demasiado inextricables como el que nos aqueja. Porque convengamos Andrée, que los conejitos por ahora eran normales, pero el conejo grande del tamaño de un hombre, bah, arriesguemos de un metro ochenta de largo… Y mi afirmación “normales por ahora” es porque yo sé positivamente que crecerían como el padre, no por simple deducción, sino debido a las cuantiosas veces en que ya me sucedió esto antes. Pensé que serían siempre conejos del tamaño acostumbrado, pero no paraban de crecer y los tuve que matar con anuencia de la patria potestad compartida. No importa la cantidad, figúrese Andrée, que por las características genéticas de su especie, las crías de los conejos siempre son numerosas.
El mismo padre fue alguna vez un hermoso conejo blanco, pequeñísimo entre mis dedos, y como vulgarmente se acostumbra decir “un copito de algodón”, pero se desarrolló hasta llegar a la talla que le describí. Y yo estaba tan enamorado de él que… ¡Oh, qué horror tener que reconocérselo! Pero lo dejaré en claro de una vez por todas, nos hicimos amantes, ¡sí, amantes! Es verdad que a los conejitos los iba vomitando de a uno. Lo que no sé cómo explicarle es el misterioso proceso de mis embarazos por vía del aparato digestivo, ni la distancia de tiempo que separaba al vómito de cada uno. Jamás quise consultar médico alguno, imagínese Andrée mi desconcierto. ¿A quién tendría que haber acudido, a un urólogo, a un obstetra, a un gastroenterólogo? Él fue el causante de la devastación de mayor magnitud en su departamento.
Pero ya debo abandonarla Andrée, estoy urgido por las circunstancias. Por un lado ha llegado la Federal, los bomberos y los científicos. Ya han cortado el tránsito con vallas y cerrado el perímetro con esas cintas rojas y blancas que suelen usar. Esto puedo observarlo desde su balcón que se va llenando de flechazos dorados y tibios de un sol recién parido por entre los edificios del centro, y no quiero dar ningún motivo de sospecha. Por el otro, escucho los golpes en la puerta de su dormitorio. Es Sara, que finalmente va a ser testigo de los vergonzosos estragos que intenté ocultarle. No tengo la menor idea de cómo lo tomará ni de qué habré de decirle, estoy sumido en esta resbaladiza tiniebla pálida, como la garra apretada de un gato, y todo debido a la vertiginosa inconsciencia que ataca mi cerebro por su zona boreal.
Tipo: Narrativa, 21 cuentos.
Extensión: 124 páginas.
Tamaño: 10,5cm x 14,5cm
Costo: $30
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